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ALBA - Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América
 

DISCURSO DEL EMBAJADOR DE LA REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA, GUSTAVO MARQUEZ MARIN  EN LA REPUBLICA DE COLOMBIA CON MOTIVO DE LA CELEBRACION DE LA FIRMA DEL ACTA DE INDEPENDENCIA
                            Bogotá, Quinta de Bolívar, 6 de julio de 2009

LA DECLARACION DE INDEPENDENCIA

Ayer se cumplieron 198 años de la Declaración de nuestra Independencia. De aquel 5 de julio de 1811, en el cual el Primer Congreso de la República de Venezuela tomó la decisión de declarar la independencia de la corona de España. Fue la conclusión de un intenso debate que se desarrolló en el seno de la élite económica y política de la Venezuela colonial, fundamentalmente integrada por mantuanos, la mayoría de ellos descendientes de españoles peninsulares, dueños de tierras y de esclavo. Esa discusión se inició el 19 de abril de 1810 con la renuncia del Capitán General Vicente Emparan y la instalación de la Junta Suprema Defensora de los Derechos de Fernando VII, el rey español depuesto por Napoleón, la cual inicialmente no planteaba una ruptura con la corona de España sino el rechazo a la usurpación francesa del trono español. En el seno de los rebeldes las aguas se dividieron entre los conservadores fieles defensores de la monarquía y del modelo colonial cuyo participación en el movimiento respondía al interés de defender al rey y luchar por su pronto retorno sin comprometer sus privilegios y, quienes agrupados en la “Sociedad Patriótica” quería ir mucho más allá e influidos por las ideas liberales de los grandes pensadores de la revolución francesa proponían una ruptura definitiva con el régimen colonial opresor.

Entre estos últimos jugaron un papel estelar con discursos encendidos por el verbo revolucionario, el Precursor, Generalísimo Francisco de Miranda veterano de la revolución francesa y hombre curtido en las luchas libertarias de su tiempo y el joven Simón Bolívar, quién el 4 de julio de 1811, ante la actitud de los conservadores liderada por el Presidente del Congreso Felipe Fermín Paúl de pretender prolongar artificialmente el debate para obstaculizar la aprobación de la Declaración de Independencia y de acusar de divisionistas a los integrantes de la Sociedad Patriótica por establecer un “congreso paralelo”, declaró con firmeza en el seno de la misma: “No es que hay dos Congresos. ¿Cómo fomentar el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva y para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad; unirnos para reposar y para dormir en los brazos de la apatía, ayer fue una mengua, hoy es una traición. Se discute en el Congreso lo que debiera estar decidido. ¿Y qué dicen? Que debemos comenzar por una Confederación, como si todos no estuviéramos confederados ante la tiranía extranjera. Que debemos atender a los resultados de la política de España. ¿Qué nos importa que España venda sus esclavos a Bonaparte o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Estas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. ¡Qué los grandes proyectos deben prepararse con calma! Trescientos años de calamidades ¿no bastan? La Junta Patriótica respeta, como debe, al Congreso de la Nación, pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana: vacilar es perdernos. Propongo que una comisión del seno de este cuerpo lleve al soberano Congreso estos sentimientos.”. El debate quedó zanjado a favor de los patriotas con la firma del Acta de la Independencia al siguiente día y desde ese momento se inició la gesta emancipadora que luego de una cruenta guerra de diez largos años se decidió en las llanuras de Carabobo el 24 de junio de 1821.

El PROYECTO BOLIVARIANO

El proyecto libertario concebido por El Libertador iba muchísimo más allá de las fronteras de lo que hoy constituye la República Bolivariana de Venezuela, consiente como estaba que la independencia definitiva de nuestros países solo sería posible, cuando todos los países latinoamericanos quedaran libres del dominio del imperio español y así fuese reconocido por la comunidad internacional. Luego de la batalla de Boyacá que le dio la independencia a la Nueva Granada y fiel al mandato del Congreso de Angostura de 1819 y a los principios de la Gran Colombia, el ejército libertador continuó su campaña hacia el sur con las batallas decisivas de Bomboná, Junín y Pichincha, hasta que en Ayacucho, bajo el mando del Mariscal Antonio José de Sucre, el 9 de diciembre de 1823 se selló definitivamente la independencia de Colombia, Bolivia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela, completando la gesta emancipadora suramericana, que el ejercito libertador del sur al mando del General San Martín ya había logrado.

Este breve paneo de nuestro proceso de independencia evidencia, que nuestra historia realmente no puede comprenderse sino a partir de la visión latinoamericanista, que le dieron nuestros próceres. Estamos unidos por la sangre de nuestros pueblos mezclada en los campos de batalla de la gesta emancipadora.

Es propicia esta ocasión para reafirmar la vigencia del proyecto de la Unión Latinoamericana propuesto por El Libertador en el marco de la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá en 1824, partiendo de las bases objetivas que determinan todavía hoy, el destino común de nuestros pueblos, surgidos de un tronco histórico, cultural, lingüístico, etnológico, geopolítico y geoeconómico común. Ayer como hoy, algunas élites tildaron de quimera el proyecto bolivariano de la Unidad de la América Latina, al presentar como insalvables las diferencias entre nuestros países, cubriéndose con un manto de “nacionalismo”, justificaron lo injustificable, una visión del desarrollo económico, políticos, social e histórico orientada hacia fuera, privilegiando la relación con las grandes potencias mundiales por encima de la relación entre los países hermanos. Ese enfoque de nuestras relaciones internacionales, nos mantuvo distantes entre nosotros y en ocasiones hostiles, o en todo caso, otorgándole una importancia relativamente poca a los esfuerzos integracionistas, al limitarlos al ámbito de la retórica infértil. Si ayer era fundamental la unidad para lograr la emancipación, hoy es imprescindible o de lo contrario, corremos el riesgo de sucumbir ante los desafíos económicos y geopolíticos que nos plantea el mundo de hoy, en el que existe una dura competencia bajo el signo de la globalización de los costos y la privatización de los beneficios y, en la formación de grandes bloques geoeconómico y geopolíticos en las distintas regiones del planeta. Darle la espalda a esta realidad, es un error que puede costarnos el futuro a los latinoamericanos y la pérdida definitiva del tren de la historia.

SE MANTIENEN VIGENTES LAS RAZONES…

A 198 años de la Declaración de Independencia, se mantienen vigentes algunas de las razones que impulsaron a aquel puñado de jóvenes a entregar su propia vida, para asumir la maravillosa tarea de darnos una patria libre. Los objetivos de ayer y de hoy no son otros que la construcción de una sociedad de ciudadanos libres, democrática y justa, basada en la soberanía popular, teniendo como hilo conductor la formación de una conciencia cívica solidaria y el estímulo al talento creador, para ponerlo al servicio del bienestar colectivo, a través de la explotación racional y sostenible del gran potencial que encierran nuestros bosques y ríos, nuestros Llanos y mares, y sobre todo, nuestra gente alegre y soñadora, creativa y luchadora.

Bolívar murió sumido en una profunda depresión que le produjo la desintegración de la Gran Colombia y el derrumbe del proyecto integracionista latinoamericano que motivó la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá. Sin embargo, la llama de su pensamiento y de su testimonio, jamás se extinguirá y siempre estará latente en el alma del pueblo como bien lo dijo el poeta Neruda. Mientras haya quienes tomen en sus manos esa llama para convertirla en pasión y acción revolucionaria, en la fuerza que abra caminos de futuro a la gran nación latinoamericana, siempre habrá una esperanza. El Libertador jamás pudo concebir la fortaleza de las naciones latinoamericanas aisladas y dispersas, por muy grandes e importantes que éstas fueran, porque tenía clara conciencia de los factores de poder que dominaban y aún dominan el escenario mundial.

Inspirados en El Libertador, la concepción del gobierno de la República Bolivariana de Venezuela no es otra que la búsqueda de un equilibrio internacional bajo el signo de la multipolaridad, vale decir del equilibrio de fuerzas, donde Latinoamérica y el Caribe concurran con una sola voz y una sola voluntad. Creemos que sólo ese equilibrio garantiza una paz mundial estable. El modelo unipolar debe ceder paso al modelo multipolar, basado en la conformación de bloques regionales que mantengan relaciones internacionales equilibradas. Esto es válido no sólo desde el punto de vista económico, sino también, desde el ángulo político y social. Un mundo en el que las desigualdades crecen y la brecha socioeconómica entre países más y menos desarrollado se hace cada vez mayor, es un mundo que marcha inexorablemente hacia la violencia, hacia la ruptura, hacia la inhumanidad. Aunque esa violencia se matice con motivaciones políticas, religiosas o raciales, si hurgamos bien, en el trasfondo encontraremos como factor desencadenante de la misma, los graves desequilibrios socioeconómicos existentes entre el norte y el sur, entre el llamado mundo desarrollado y el que se debate para encontrar el camino del desarrollo humano sostenible.

Compatriotas y amigos:

Sabemos bien que la identidad de las naciones se desarrolla y fortalece en la medida en que los pueblos tengan una conciencia histórica real, vale decir, que conozcan a fondo su pasado y las implicaciones de este en la realidad actual, estableciendo las interrelaciones entre los sucesos de ayer y la dinámica social a la que estamos sometidos hoy, de otra manera, si para interpretar nuestro presente prescindiéramos de los antecedentes históricos, podríamos ser atrapados por el campo de fuerzas que domina la dinámica política y económica global, con riesgo de que se cancele la posibilidad de poseer un proyecto no solo como países independientes, sino incluso, como región que aspira a ocupar el espacio que se merece en el concierto de las naciones del mundo.

LA INDEPENDENCIA ES UNA ASIGNATURA PENDIENTE

Sin embargo, más que rememorar un pasado glorioso y la proeza que todavía hoy sorprende a mucho, que hizo posible que en los albores del siglo 19, cuando aún el mundo estaba dominado por regímenes monárquicos, que nuestra América Latina fuese protagonista de una revolución política que estableció repúblicas democráticas libres, hoy nos corresponde ver hacia adelante, sin dejar de tomar en cuenta los referentes históricos, pero poniendo el énfasis en la realidad de hoy, que al igual que ayer, requiere con urgencia la participación protagónica de nuestros pueblos, para romper las cadenas del nuevo colonialismo que se impuso después que nuestras sociedades lograron la independencia política y que luego de casi dos siglos, aun no ha sido superado, porque siguen siendo:

…Sociedades con grandes desigualdades sociales estructurales y con una mayoría de la población sometida a la pobreza y a la exclusión.

…Sociedades socialmente desintegradas, con economías esencialmente productoras de materias primas, con un plantel industrial orientado a la producción y exportación de las mismas, con muy poca o ninguna capacidad de agregarle valor y totalmente dependientes de un mercado controlado por los países industrializados, grandes consumidores de esas materias primas.

…Sociedades en la que prevalece la cultura individualista que estimula un desarrollo económico ineficiente y desigual, basado en el éxito individual más que en la formación de una cultura de la solidaridad como base para crear redes productivas societarias, que utilicen como palanca la cooperación y la complementariedad en el marco de una estrategia nacional integradora de procesos y ejes productivos en los cuales nuestros países tienen ventajas reales.

…Sociedades en las cuales la corrupción se ha convertido en algunos casos en la fuente originaria de acumulación de capital de las élites económicas, en un cáncer social que amenaza con hacer sucumbir la estructura social toda.

…Sociedades en las cuales los medios de comunicación e información son utilizados como instrumentos políticos, al margen de su verdadera misión que no debe ser otra que proporcionarle a los ciudadanos una información veraz y oportuna, y no, manipular la información para atender los intereses de determinados actores políticos o económicos, comprometiendo el desarrollo democrático.

…Sociedades en las cuales se ha venido estableciendo una violencia estructural alimentada por el consumo y tráfico de drogas, pero cuya causa real es la inversión del patrón de valores humanos fundamentales y la carencia de expectativas de desarrollo en la esfera social para grandes masas de la población que sobreviven en la miseria y la exclusión social.

…En fin, sociedades que confrontan crisis estructurales, que hoy más que nunca requieren de la orientación de un proyecto integrador para lograr encontrar el rumbo hacia un desarrollo humano sostenible y la construcción de un democracia participativa integral con justicia social, que realmente dignifique al ciudadano como sujeto fundamental del proceso social y le abra los horizontes de bienestar y justicias que soñaron nuestros próceres.

No tenemos alternativa, hoy como ayer, solo existe una opción de vida para los pueblos de nuestra América, de la América india, de la América Negra, de la América mestiza, de la América nuestra que abre al mundo sus tierras de ideas fértiles y gente generosa. La opción no es otra que integrarnos en la gran nación que somos, venciendo la mezquindades locales que por siglos han sobrevivido, agazapadas en los resquicios de la mediocridad impenitente, en las fronteras de los humano y lo obsceno, jugando con las diferencias que se anidaron al amparo de intereses subalternos. Tenemos la responsabilidad histórica de cerrar la brecha que ha mantenido a nuestros países de espaldas unos a otros, por el capricho absurdo y melancólico de un pasado remoto de élites desarraigas de su propia cultura, de su propia tierra, de su propia esperanza, de su propia patria. Basta ya de rendirle culto a nacionalismos que no tienen fundamento cultural, histórico ni social, que en definitiva responden a la división político territorial que establecieron las potencias coloniales de antaño, pero que en el fondo coliden ampliamente con las aspiraciones reales de nuestros pueblos, que nunca dejaron de estar unidos en la esperanza de reencontrar el camino de la unidad. Somos un solo pueblo, con una historia común, una misma cultura, un mismo idioma, integrado en un mismo continente poseedor de inconmensurables recursos naturales. En conjunto tenemos la fuerza suficiente para construir una poderosa sociedad libre y avanzada, no sólo en lo económico, sino además en lo político y social y contamos para ello, con el empuje de un pueblo portador de una extraordinaria y rica cultural.

Bolívar, cual gran visionario, a pesar de la incomprensión de algunos de sus contemporáneos que no entendieron o no quisieron entender sus pretensiones de avanzar hacia la constitución de una confederación de estados latinoamericanos, con el propósito de garantizar la independencia de nuestros países, no sólo frente a un posible intento de reconquista por parte de la corona española, sino además y sobre todo, pensando más en el futuro, en el peligro real que representaba el poderío creciente de las grandes potencias y en espacial de la más cercana, EEUU, cuya política exterior siempre se orientó a considerarnos su patio trasero y su fuente inagotable de recursos naturales y materias primas. La agenda del Congreso Anfictiónico instalado en Panamá el 22 de junio de 1826, convocado por El Libertador continúa abierta porque en realidad la discusión nunca se cerró y ahora le corresponde a nuestra generación tomar la palabra.

PENSAR EN LO IMPOSIBLE

Permítanme ahora pensar en lo imposible, vibrar intensamente con los sueños remotos del gran Bolívar, de aquel general que ante el abismo insondable de la incertidumbre y el dolor de las derrotas, fue capaz de remontar las cumbre de los andes y cabalgar mil veces por los polvorientos caminos de la tierra ultrajada, levantando su espada y su palabra cada vez con más vigor, con la energía que infunden los pueblos cuando deciden hacer la historia. La historia grande, la que nace de la entrañas del ser social, de la necesidad de mutar hacia un estadio social superior, de una conciencia social derivada del ser social revolucionario.

Permítanme soñar con la América Latina como una gran nación integrada. Asumo el sueño no como una evasión de la realidad, ni como un alivio momentáneo ante una frustración continuada que pareciera no tener fin, sino como un reto ante un provenir promisor presentido, como un compromiso de cara al futuro, frente al cual está prohibido perder la esperanza y la voluntad de vencer las adversidades aunque estas parezcan insalvables.

En ese sueño de lo posible no estamos solos, porque al lado nuestro siempre estará el espíritu de El Libertador, su testimonio y su pensamiento, hoy más vigente que nunca. Como estuvo siempre al lado de muchos otros que dieron su vida por la causa de la justicia y la libertad de nuestra América; de hombres como Eliezer Gaitán y el gran prócer de la independencia cubana José Martí. También Martí se inspiró en la obra de El Libertador y en un brillante y elocuente discurso que pronunció en la Sociedad Literaria Hispanoamericana el 28 de octubre de 1893 en la ciudad de Nueva York, dio cuenta de ello cuando afirmó: “¡Pero así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía!.

Los que entregan su vida por un ideal colectivo nunca mueren porque sus obras e ideas permanecen, tanto más cuanto mayor ha sido su aporte al bien común, al bienestar colectivo, eso ocurre con aquellos que como Bolívar, abandonó su propio bienestar y una vida relativamente segura, para darse por entero a una empresa cuyo único fin, como el mismo lo dijo en alguna oportunidad, no era otro que construir una sociedad de hombres libres y felices, y en pos de ese paradigma, se lanzó sin darle tregua a su propia humanidad, hasta lograr el preciado objetivo de la independencia, y al final, como a veces le ocurre a quienes se dan por entero a una causa justa, saboreó la amargura del desengaño, de la traición, de la incomprensión de algunos de aquellos con los cuales compartió sueños libertarios, y así murió, cual labriego que habiendo sembrado en tierra fértil se entristece al partir, a sabiendas que ha dejado sembrado su semilla, con la esperanza de que más temprano que tarde retoñe.

Fue Neruda el gran poeta de América, quien evocando al El Libertador profetizó: “Bolívar despierta cada cien años cuando despiertan los pueblos”. Luego de transitar caminos inciertos, nuestros pueblos cabalgan de nuevo a su lado, levantando las banderas de la independencia, la libertad y la unidad, dispuestos a darlo todo para completar la obra inconclusa de la integración latinoamericana, de la construcción de una sociedad auténticamente soberana, democrática y justa.


 
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